Publicado el 10 octubre 2023
Como ocurre con todas las palabras que tienen varias interpretaciones, para entender su verdadero significado hay que acudir a su origen etimológico: la palabra viene del latín «emotio», que se forma con el prefijo «e-ex» y el verbo «movere», e indica un movimiento hacia fuera. Se puede traducir como «energía en movimiento» (en inglés, E-Motion, resulta aún más claro).
Pero ¿cómo se traslada este concepto a todos los mecanismos complejos que generan las diferentes emociones? Basándonos en lo que conocemos de la neurofisiología y la bioquímica, esta energía se puede entender como un impulso nervioso generado por un pensamiento, que a su vez provoca determinadas sensaciones debido a respuestas hormonales y que, en última instancia, dan lugar a reacciones bioquímicas y respuestas físicas del organismo.
Esto es fácil de entender si pensamos, por ejemplo, en lo que nos provoca físicamente una sensación repentina de miedo: sudoración, taquicardia, falta de aire… a causa de la rápida secreción de adrenalina en respuesta a una situación de peligro, o incluso a un pensamiento relacionado con esa situación. Es un ejemplo sencillo para entender que la influencia de una emoción en el cuerpo es un hecho real y tangible, más que una creencia o una postura de algún tipo de medicina alternativa.
Las emociones forman parte de nuestro día a día y no podemos prescindir de ellas: estamos en contacto con ellas desde que nacemos. Cada persona lleva dentro un enredo de sentimientos y emociones detrás de sus recuerdos y memorias, sus fracasos, sus pérdidas o las alegrías que ha vivido. Como respirar o dormir, sentimos y nos emocionamos de manera instintiva.
Las emociones tienen una función adaptativa: nos ayudan a sobrevivir en un entorno complejo. El miedo nos permite huir o quedarnos inmóviles ante determinados peligros. La rabia nos da fuerzas para reaccionar y defender nuestro entorno y a nuestros seres queridos. La tristeza es una brújula muy útil, porque favorece la introspección y la aceptación que nos permiten detectar cuándo algo va mal para intentar ponerle remedio.
Algunas personas desconfían del carácter instintivo de las emociones, o lo ignoran, y las reprimen porque temen sufrir o incluso perder el control de su vida. Pero intentar vivir y pensar al margen de nuestras emociones es una falacia: no solo nos limita, sino que las emociones reprimidas pasan al inconsciente, desde donde son mucho más incontrolables, y cuando no las dejamos salir el cuerpo las expresa en forma de enfermedades.
Por tanto, el primer paso para gestionar las emociones es verlas como un proceso natural y propio del ser humano, que tiene sentido en nuestra vida —especialmente en la relación con los demás— y que dota a la vida humana de matices, color, profundidad y textura.
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